EL CONQUISTADOR

Dame un espejo y te daré la vida.
Los conquistadores llegaron hace más de 500 años con las armas, la violencia, las costumbres, las enfermedades, los malos tratos, la explotación humana, la degradación, la muerte. Hace más de 500 años llegaron para marcar territorio.

Permanezco dentro de una caja de madera que simula un ataúd. Un bailaor zapatea sobre la caja.

El Conquistador se articula como una acción de alta densidad simbólica en la que el cuerpo se convierte en soporte pasivo de una violencia histórica que Regina José Galindo refleja con una precisión y lucidez máximas. La pieza plantea una situación de extrema economía formal: una caja de madera, abierta por uno de sus laterales, alberga durante treinta minutos el cuerpo de la artista, mientras sobre esa superficie un bailaor flamenco ejecuta un zapateado continuo. El hecho de que esta caja/ataúd incorpore una apertura lateral posee una doble derivada hermenéutica: de un lado, ofrece al espectador un cuadro caracterizado por una visión estratificada; de otro, supone una torsión del régimen simbólico de la muerte. En el primer caso, la visualización lateral del cuerpo de la performer y del bailaor en un mismo encuadre traza un eje vertical en el que el gesto de la cultura opresora y la pasividad de la cultura sometida radicalizan la jerarquía del proceso colonial. Cada golpe del zapato contra la madera inscribe una afirmación de poder: el sonido se impone, aturde, pisa literalmente sobre los cuerpos sometidos. El zapateado, en este sentido, funciona aquí como un gesto de ocupación y dominio.

​En lo que respecta a la segunda consecuencia este plano lateral abierto, nos encontramos ante una subversión de la cultura visual en torno a la muerte. Tradicionalmente, el cadáver es contemplado desde arriba -lo que reafirma su ausencia de vida-, contenido entre los límites de la caja. Al alterar este régimen escópico, Rejina José Galindo sitúa su cuerpo en una liminalidad óptica: el punto de vista no corresponde ni al ritual funerario -visión cenital, soberana, clausurada- ni al de la vida ordinaria. La mirada queda, de este modo, suspendida entre lo muerto y lo vivo, entre la claudicación definitiva al otro violento y la resistencia de lo que definitivamente no termina de desaparecer. Se trata de un cuerpo en régimen de suspensión ontológica: al no estar ni muerto ni vivo, se halla en un “mientras tanto” perceptivo.

La presente performance establece, sin ambigüedad, una distancia crítica respecto al origen de la cultura flamenca. No hay en El Conquistador una acusación dirigida al pueblo gitano ni a la genealogía del flamenco como lenguaje nacido de la exclusión, la herida y la resistencia. Al contrario, es precisamente esa condición originaria la que permite leer con mayor claridad el desplazamiento que la obra señala: la apropiación de una expresión surgida en la opresión por parte del relato hegemónico español, hasta convertirla en emblema nacional, en estereotipo mercantilizado, exportable y políticamente funcional. El flamenco aparece así como un signo domesticado, que ha sufrido un desplazamiento perverso desde la supervivencia oprimida a la economía opresora. El zapateado sobre la caja condensa esa operación de apropiación y borrado. La violencia no se percibe de inmediato porque adopta la forma de un código reconocible, incluso festivo. El espectador escucha un ritmo familiar, una cadencia que pertenece al imaginario colectivo, mientras el cuerpo que sostiene ese sonido permanece invisible. La obra obliga a atender a esa disociación: lo que se celebra arriba y lo que se aplasta debajo.

Sin embargo -y he aquí el carácter plurívoco de El Conquistador-, la acción no se clausura en la denuncia. En el interior mismo de la tradición flamenca se activa una lectura suplementaria, más ambigua y menos conciliadora. Bailar sobre una tumba no implica necesariamente profanación; puede ser también un gesto de invocación, una forma de devolver a la vida lo otrora desaparecido. Desde esta perspectiva, el zapateado adquiere un doble sentido: al tiempo que oprime, hace vibrar; al tiempo que impone, convoca. El sonido atraviesa la madera, generando así una resonancia que alcanza al cuerpo oculto. Este cuerpo -símbolo de todas las culturas oprimidas y colonizadas, enterrado y borrado históricamente bajo la tierra que inmoviliza- vuelve a latir, a comparecer fantasmáticamente como una memoria nunca clausurada. El Conquistadort mantiene esa tensión sin resolverla. No propone reconciliación ni cierre, sino una escena sostenida entre violencia histórica y persistencia corporal, entre muerte simbólica y supervivencia. El cuerpo encerrado no habla ni se exhibe; resiste en silencio. En ese silencio se formula la pregunta central de la obra: ¿Qué culturas continúan hoy bailando sobre las tumbas de otras? ¿Qué ritmos celebramos sin atender a los cuerpos que los sostienen? Cuando el zapateado cesa, la caja permanece. Y con ella, la evidencia de que la historia, lejos de cerrarse, sigue reclamando ser escuchada.

Comisionado y producido por Instituto Andaluz de las Artes Plásticas y Visuales.
Real Fábrica de Artillería de Sevilla
Bailaor Gero Domínguez
Comisariado Cintia G. Reyes & Pedro A. Cruz Sánchez
Cámaras José Ángel González Cernadas y Antonio Sánchez Ortiz.
Fotografía Niccolo Guasti
Coordinación audiovisual Equipo audiovisual de la Agencia Andaluza de Instituciones Culturales.