GALIL
Permanezco acostada con balas en la boca y en las manos de un Galil. Fusil israelí utilizado tanto por el ejército guatemalteco en el genocidio ixil como por el Estado israelí en el genocidio palestino.
La obra parte de una denuncia precisa. Israel está cometiendo hoy un genocidio en Palestina. La destrucción de viviendas, hospitales, escuelas, infraestructura de producción y circulación de alimientos, cuerpos y formas de vida ocurre en el presente inmediato de Gaza, pero arrastra una historia más larga. Desde el inicio de la Guerra Fría, la confrontación entre grandes potencias produjo y encubrió muchas guerras locales, sostenidas por la circulación de armas, entrenamiento, asesoría militar, inteligencia y doctrinas contrainsurgentes. Galil se sitúa en esa trama. Desde Palestina, la obra de Regina José Galindo abre una pregunta sobre esas otras geopolíticas de la destrucción, aquellas que conectaron territorios lejanos mediante tecnologías de aniquilamiento aplicadas sobre poblaciones construidas como amenaza.
Regina está desnuda, quieta, acostada en el piso, con la boca abierta y llena de municiones para fusil Galil. La imagen es mínima y difícil de apartar. Encarna una historia profundamente enraizada en el pasado reciente de Guatemala, donde el Galil fue una de las armas israelíes más utilizadas por el Estado durante la guerra, y en particular durante el genocidio contra la población maya. En esta performance, la boca abierta interviene el espacio de la memoria mediante una inversión inquietante. Las municiones ocupan el lugar de donde suele emanar la voz. Aquello que fue utilizado para silenciar aparece ahora alojado en la boca de un cuerpo que sigue hablando, que no se calla.
En esta performance, Galil mira desde Gaza hacia Guatemala. El título nombra un fusil de asalto israelí utilizado por el ejército guatemalteco durante el conflicto armado interno. En los años setenta y ochenta, Israel proveyó armas, asesoría, entrenamiento militar y apoyo técnico a un aparato estatal que ejecutó una guerra contrainsurgente contra la población civil, en su mayoría indígena. En el gesto de Regina, Palestina y Guatemala aparecen unidas por una trayectoria material de destructividad expuesta en las municiones del Galil.
La obra de Regina ha vuelto una y otra vez al cuerpo como lugar donde se inscribe la memoria de la historia. Desde sus primeras acciones en el espacio público, su cuerpo ha servido para hacer visible aquello que el Estado intenta enterrar, desplazar al inconsciente. Galil pertenece a esa genealogía, pero abre una escala distinta. El cuerpo de Regina no remite solamente a la memoria guatemalteca. La pone en relación con un genocidio que sucede ahora, ante nuestros ojos, transmitido por pantallas y redes, mientras la aniquilación continúa en total impunidad. La pieza obliga a pensar cómo una misma arquitectura de violencia puede moverse entre territorios, adaptarse a lenguajes distintos y conservar su fuerza destructiva. El arma da una pista. Un fusil nunca llega solo. Llega acompañado de entrenamiento, doctrina, financiación, inteligencia, diplomacia y mercado.
Víctor Perera lo entendió con una claridad temprana en su reportaje “Uzi Diplomacy”, publicado en 1985. Perera viajó a Guatemala e Israel para investigar la presencia israelí en Centroamérica. Su texto empieza con una escena en Comalapa. Una mujer indígena había ido al cuartel a protestar por la desaparición de su yerno. Días después, hombres armados llegaron a su casa y la asesinaron junto a miembros de su familia. Perera supo que las armas utilizadas por el escuadrón de la muerte eran israelíes. También identificó el uso de fusiles Galil por fuerzas especiales guatemaltecas. Desde esa escena, el reportaje reconstruye una red de relaciones que incluía armas, aviones Arava, equipos de comunicación, cocinas de campaña, asesoría militar y entrenamiento.
Lo más importante del texto de Perera no es solamente la información que reunió, sino la posición desde la cual escribe. Nacido en Guatemala, de familia sefardí, Perera narra desde una relación íntima con ambos mundos. Su investigación no tiene la distancia cómoda de quien observa una violencia ajena. Pregunta por una complicidad que atraviesa biografías, memorias familiares, vínculos diplomáticos y razones de Estado. En Israel, escucha argumentos sobre aislamiento, supervivencia, enemigos y necesidad económica. La venta de armas aparece entonces como política exterior y como economía moral. Quienes venden dicen hacerlo porque el mundo es hostil, porque el país necesita divisas, porque la industria militar debe sostenerse. Del otro lado quedan los cuerpos de quienes murieron por esos cálculos.
La relación entre Israel y Guatemala fue más amplia que una simple compraventa de armas. Durante los años setenta y ochenta, cuando Estados Unidos enfrentó restricciones para apoyar abiertamente a regímenes señalados por violaciones graves de derechos humanos, Israel ocupó un lugar estratégico. Guatemala encontró allí un proveedor dispuesto a ofrecer armas, entrenamiento y asesoría. Israel encontró un aliado diplomático, un mercado militar y un territorio donde su experiencia contrainsurgente podía ser transferida. El vínculo incluyó fusiles Galil, Uzis, aviones Arava, sistemas de comunicación, capacitación en inteligencia y programas de reorganización territorial y rural.
La contrainsurgencia no solo mató. También reorganizó la vida después de la destrucción. Las aldeas modelo, las patrullas de autodefensa civil y los programas de “fusiles y frijoles” buscaron someter a las comunidades sobrevivientes mediante alimentos, vigilancia, control de movimiento y dependencia militar. La violencia no terminaba con la masacre. Continuaba en la administración de los cuerpos desplazados, en la reconstrucción forzada del territorio, en la obligación de vivir bajo la mirada del ejército. La asistencia agrícola y el desarrollo rural podían convertirse en lenguajes de pacificación. Bajo esas palabras, lo que estaba en juego era el control de la población indígena.
Desde Palestina, esa historia se vuelve todavía más inquietante. La ocupación israelí ha producido durante décadas una experiencia acumulada en control territorial, vigilancia, fragmentación espacial, permisos, castigo colectivo y administración de poblaciones consideradas amenaza. Parte de esa experiencia ha circulado globalmente como tecnología de seguridad. Guatemala permite ver una de sus formas históricas en el sur global. Palestina permite ver su continuidad, su intensificación y su presente.
Por eso Galil no necesita explicar todo. Regina coloca el cuerpo en el lugar donde el lenguaje técnico se rompe. Cuando los Estados hablan de defensa, seguridad, cooperación, asistencia, desarrollo o precisión militar, la obra muestra una boca abierta llena de munición. Allí donde el mercado habla de productos probados en combate, la obra recuerda que todo “combate probado” fue probado sobre alguien. Que alguien quedó silenciado por una munición como la del Galil.
El Galil conecta geografías y tiempos. En Guatemala, su nombre remite al genocidio maya, a las aldeas arrasadas, a la reorganización militar de la vida comunitaria. En Palestina, remite al presente de una violencia colonial y genocida que destruye casas, hospitales, archivos, campos, familias y condiciones de existencia. Entre ambos territorios circulan armas y doctrinas, pero también una misma pregunta sobre la vida que ciertos poderes soberanos consideran eliminable.
Regina permanece acostada, inmóvil, con la boca abierta llena de municiones de Galil. Esa quietud es una forma de obligarnos a mirar y a escuchar el silencio que queda cada vez que alguien es asesinado por esta geopolítica de la destrucción.
Alejandro Flores-Aguilar, Antigua Guatemala, Mayo 2026.
Fotografías José Oquendo